domingo 19 de octubre de 2008

De cómo las cosas dejaron de serlo

viernes 10 de octubre de 2008

Tambores de la noche



La cadencia de la vida es sencillamente perfecta. Hoy bajo mis párpados tan solo hay música violácea, un humo de filarmonía que inunda cobardemente mis percepciones. En ocasiones parece que brote desde mis poros creyéndose semilla y rime con el entorno componiendo las más deleitosas liras con el aroma del lirio o ancestrales haikus tallados en piedra. O es una hiedra que trepa hacia la sensación inmortal de saberse vivo. Me electrifica notar cómo se descargan todos los relámpagos sobre las dudas que quedaron aisladas. Sin moverme un ápice siento el frío del último témpano por derretir, el gris abandono de los eriales y el aire húmedo que nutre al denso bosque de bambú oriental, y al final no son más que aproximaciones a los estados anímicos que encuentran su solución definitiva en el escapismo. Porque todo son aproximaciones. Es hora de arrancar de cuajo las vendas que hay bajo mi piel. De olvidar por fin los escenarios, las sonrisas histriónicas y los giros de guión forzados. De buscar la estabilidad incluso bajo otras bóvedas. En los otros horizontes que sostienen mis ojos, a sabiendas de que el equilibrio siempre descansa lejos de cualquier balanza.






jueves 7 de agosto de 2008

El derrotismo y sus derroteros

Definitivamente lanzado a traición al ritmo frenético de la vida, arrojado del árbol que ha dejado de quererse en otoño, y así en la insalvable caída hacia la hojarasca; no más que un sutil aroma en pura evanescencia, agonizando entre el acre y sus asperezas; un tenue silencio que no termina de encajar en un ruido tan furioso, chirriar doloroso y punzante que todo lo ensordece y destiñe. Como un barco de papel a contracorriente, extraño. Acostumbrado a ver cómo se derrite la escarcha del corazón, cómo mis manos se convierten en raíces, cómo mi pasado en hojas vacías. Abatido, porvenir suicida para una carta sin destinatario, para el mensaje en la botella que acaba durmiendo en el hielo. Me abrigaré bajo mis párpados y esperaré. Hasta que haya pasado todo.





sábado 2 de agosto de 2008

Zeit Geist, el Espíritu del Tiempo


Vino a hurtadillas el tiempo como un señor de la noche borrando paulatinamente nuestros contornos. Apareció aquel día como un río de curso inexorable cuya música adormece y apaga el fuego de la vida, templa la inquietud y suscita armónica seguridad con la entereza que le fue encomendada. Que transcurre a la vera del ser, acariciándole, así abriendo heridas que no conocen la sangre, heridas que cicatrizan casi antes de serlo. La experiencia y la sabiduría entonces fueron reales, antes sólo ilusorias, y comprendió el individuo la belleza de lo insignificante disolviéndose en tan vasto piélago de aguas dulces. Llegó para enmendar las entretelas del ser humano regalándole un puerto seguro, uno desde el cual zarparía en eterno trayecto, que es en realidad, la muerte de todas las cosas. Surgió de la oquedad como una luciérnaga en la niebla y de él, se desprendió un retal que albergó pacientemente la historia de incontables hazañas, el cosmos organizado.
Y decidió quedarse en el regazo de esta existencia para esbozar sobre ella el cambio constante. Hasta el final, el mismo que fue delineado elegantemente con su propia venida al caos. Ahora sí estoy completamente seguro.




miércoles 30 de julio de 2008

De cómo la inspiración separó nuestros caminos

Sucede que, cuando el viento huye de mis palabras evitando encontrar el frío que permanece cuando de éstas se ha apagado todo su efecto, se congelan en el paisaje los gritos rajados de alguna otra garganta mía apunto de desgarrarse, que lo impregnan de la frigidez de la tundra, lo paralizan, postergando lo mundano y antecediendo no se qué reflexiones que se enredan en sus propios argumentos y tropiezan como el niño primerizo en el arte de caminar. Se torna el verde entonces en suelo estéril y agreste y la vívida nostalgia en exangüe hastío. ¿Cómo ha dejado de serlo lo que otrora fue mío?
Me tocó pagar el precio del pensamiento trascendente con las eternas cadenas férreas como a Fenrir, que son livianos hilos para algún marionetista que me controla y me desangra, dándome a oler el jazmín y a probar las más amargas hieles de este mundo. El pensamiento que aletarga a los mortales y que a mí, por algún sombrío capricho del hado, me mantiene en la vigilia más desesperada.
Lejos de resolver este dédalo inextricable, la resignación conduce a todo a fundirse en el devenir de las acciones y formar parte de la sucesión de días que hormiguean en calendarios de otros camino del mar, para morir en sus caricias. Y por último ahogarse en el fondo de los océanos. En el reino de Davy Jones.